"Licántropo" - Guillotti Geronimo
Licántropo
“Hoy,
en este pequeño pueblo del sur de Francia, lamentamos la perdida de nuestro
amparo” sollozaba con lúgubres lagrimas el Arzobispo de Castelnou. El grupo
eclesiástico parecía discutir detrás del
baptisterio la situación del pueblo y la fuerte disputa que un tal Lutero
estaba llevando a cabo kilómetros al noroeste de allí:
-¿Hasta
cuándo podremos aguantar sin un bellator
Domini?
Los
obispos miraron con fijeza y temor al Arzobispo. Parecía que hacia esfuerzos
por serenarse, pero temblaba. Sus casi rígidos labios titiritaban de miedo.
Rodeaban el cuerpo del guerrero caído a causa de un feroz licántropo. Le
faltaba el rostro y tenía el omóplato izquierdo carcomido. Los plebeyos
murmullaban en aquella misa la notoria falta de ganado que hubo durante el
crepúsculo. La cabeza del clero intento calmar las aguas y explicar la
situación, pero era imposible. Castelnou tenía los días contados.
El
Arzobispo parecía mirar con pesadumbre el vitral de María, como si intentase
encontrar algún rayo de esperanza. Se dio media vuelta hacia la población, tomo
aire y dijo:
El plenilunio se pactó
al caer el sol, en lo alto del oscuro cielo. Yo salía de dar mis últimos rezos
al Señor en el Ambon. Cerré la vieja puerta de madera con llave y ahí lo vi.
Eduardo de Woodstock yacía en el suelo en un baño de sangre, sin rostro. A lo
lejos pude visualizar al animal parado en sus dos patas traseras retirándose
con pasividad mientras me miraba.
-¿Y
no lo atacó? Preguntó la mujer del panadero.
El
Arzobispo se mantuvo con una expresión dubitativa durante unos segundos, como
si estuviese fríamente calculando lo que iba a decir:
-Pues
no. La palabra del Señor fue más fuerte en mí que en el valeroso Eduardo desde
luego. Dejémonos de chácharas y demos paz a nuestro antiguo guerrero.
Un
grupo de siete hombres se acercaron al cadáver, le pusieron una sábana blanca
sobre su cuerpo y lo elevaron sobre sus hombros para llevarlo al fogón para
purificarlo con la luz del Señor.
Transcurrió
una semana de la trágica perdida. Las granjas perdían cada día mas ganado
misteriosamente, y las cosechas eran pisoteadas. El pueblo se encontraba
furioso con la Iglesia. Algunos pedían un nuevo bellator Domini, pero esto era
cuestión de que un guerrero elegido por el Papa sea enviado. Otros buscaban la
presencia del Papa durante algunos meses, pues la palabra del Señor es más
fuerte en él. El Obispo William salió de la Capilla para hablar con los
enfurecidos habitantes de Castelnou:
-Estamos
haciendo lo más que podemos. Ya enviamos tres cartas al Papa Julio II y al
obispo Cesar para que personalmente pida ayuda. Tened paciencia.
Los
habitantes parecían no presentar ningún tipo de calma. De repente, a lo lejos
se escucha una carrosa que llega a toda marcha.
-Traigo
una carta directamente del Papa Julio II, junto a un cadáver que encontré en el
camino que parecía ser del obispado de aquí, lo dejé ahí atrás envuelto en
sábanas blancas. Dijo el mensajero.
El
obispo William se acercó a la parte trasera de la carrosa para ver un baño de sangre. El Arzobispo se movilizo lo más rápido
posible al lugar, levantaron suavemente las sabanas del cuerpo, y ahí estaba.
Lo que parecía ser el obispo Cesar, pero sin rostro y ahora también sin el
brazo derecho y una frase grabada, con lo que parecían garras muy filosas, en
su pecho:
-Et iterum occiderat. Leyó el Arzobispo en voz alta.
“Matar
otra vez” dijo aterrado William. De un movimiento brusco, el mensajero se baja
de la carrosa. Le da la carta con brusquedad al Arzobispo:
LA DIRECCIÓN NACIONAL
DEL REGISTRO JUDICIAL DE ANTECEDENTES PENALES CON LA ATRIBUCIÓN CONFERIDA POR
EL ART. 442, TITULO III DEL LIBRO CUARTO, SEGUNDA PARTE DE LA LEY Nº 1970 CÓDIGO DE PROCEDIMIENTO PENAL A SOLICITUD DEL INTERESADO (A), INFORMA…
-¿Qué
es esto? Pregunto.
-Sus
derechos, señor Frederick Wolf.
-¿Mis
derechos? ¿Por qué? Preguntó con duda el señor Wolf.
-Por
haber matado a sus hijos violentamente luego de su comunión.
-¿Mis
hijos? ¡Yo no tengo hijos! Exclamó fervientemente.
-Sí,
los tenía al menos, y se llamaban Eduardo y Cesar. Respondió el detective
William con simpleza.
Pusilánime,
el señor Wolf se levantó suavemente de la silla. Sus ojos parecían haber visto
un fantasma. Las venas de su cuello eran cada vez más notorias, como si
quisiese gritar y no pudiese.
-Les
arrancó el rostro a cada uno con un cuchillo tramontina, el brazo derecho al
pobre Cesar, e incluso intento comerse al pequeño Eduardo. Ya Casi no tenía omóplato. Ademas ha marcado el pecho de Eduardo con una misteriosa frase en latín, asegurando que volvió a matar. Estuvo todo el día repitiendo sin parar la misma historia. Que un
licántropo atacó a su bellator Domini y que estarían perdidos en cuestión de
días. Hoy, en este amanecer ya se pactó su sentencia, señor Wolf. Cadena
perpetua es lo que le espera.


Idea clara, con personajes bien construidos.
ResponderEliminarBien logrado el verosímil y el extrañamiento. Buen uso de artificios. Sin embargo, aunque hay dos momentos bien diferenciados, el tiempo del relato es lineal.
A la vez que se evidencia una búsqueda y un uso acertado del lenguaje para lo narrado, también se advierte el empleo de ciertas expresiones que no parecen acompañarlo (“cháchara”), de otras que son incorrectas (“El plenilunio se pactó…”) y de algunos términos mal usados.
Rever tiempos verbales, uso de rayas de diálogo, ortografía. Estos errores deslucen el relato.
Nota: 7 +