"Terror pasajero"- Valentina García Pittis

Terror pasajero


La estación de trenes de Brugge ubicada en la ciudad belga de Brujas, estaba abarrotada de gente: turistas tomando fotografías y escuchando las historias embrujadas de los guías, niños corriendo y jugando, personas bajando y subiendo de los trenes, y en sentada en un banco se encontraba Zélie  quien leía un libro a la espera del tren que la llevaría a Ámsterdam. El ruido del tren a carbón era cada vez más fuerte y más lento, lo que significaba que estaba por llegar a la estación. Zelié cerró su libro, se incorporó tomando su maleta y se acercó al andén observando la llegada del tren. Subió a este y se situó en un asiento doble, en el cual apoyó su maleta; se sacó los zapatos para estar más cómoda y se puso los auriculares reclinándose en el asiento para tener una mejor vista a través de la ventanilla.
Veinte minutos más tarde, el tren comenzó su marcha lentamente. Zelié sabía que iba a ser un viaje largo y aburrido por lo que llevó consigo no solo un libro y música, sino que también llevó un anotador y lápices de colores para dibujar. El vagón era grande y espacioso con dos hileras de asientos enfrentados, cortinas y alfombra color vino y los asientos eran mullidos y cómodos. Entre los asientos, había una mesa con un tablero de ajedrez pintado en ella y un poco más abajo del techo había un compartimiento de equipaje en donde estaban las maletas de los otros pasajeros. No había mucha gente en ese vagón; una pareja mayor se encontraba dormitando en los primeros asientos, un hombre de mediana edad hablaba con la mujer sentada a su lado, una familia numerosa ocupaba los últimos asientos y un hombre cuya capucha ocultaba su rostro, estaba sentado en los asientos contiguos a los de ella. Sin embargo, Zelié no estaba prestando mucha atención a su entorno, estaba más concentrada en tararear la melodía que salía de sus auriculares y en observar el paisaje agreste que atravesaba el tren.

Cuando la noche empezó a caer, un sentimiento de incomodidad se filtró entre la serenidad de Zelié; ese sentimiento hizo su camino hasta sus huesos y no vino solo: una sensación de que había algo fuera de lugar en ese tren la atacó desprevenida causando que recordara lo que había pasado unos años atrás: Zelié caminaba sola por las calles vacías y mal iluminadas de una zona no céntrica de Brujas cuando una ráfaga de viento y hojas secas la hicieron temblar, pero no solo por el frío, también por un mal presentimiento que empezó a carcomer sus entrañas; algo no estaba bien. Asustada, apuró su paso mirando hacia atrás y a los costados en todo momento. Caminó paranoicamente tres cuadras hasta que el ruido de unos pasos la hicieron detener y voltearse; no había nadie ni nada y eso la asustó aún más. El viento aumentó su velocidad haciendo que las hojas y la tierra volasen en círculos, las farolas empezaron a titilar y el ruido de los pasos era cada vez más fuerte e iban acercándose, por lo que decidió girarse y correr. Pero no pudo, se congeló allí mismo. Una mujer esquelética vestida con una túnica negra y capucha estaba de pie frente a ella extendiendo un brazo magullado dejando ver una marca lunar en el. El corazón de Zelié aumentó su ritmo, cada vez más rápido hasta el punto en que empezó a hiperventilar. Ninguna se movió, se quedaron allí, Zelié muerta de miedo y la mujer con el brazo todavía extendido mirándola fijamente. Con una velocidad inhumana la desconocida se acercó a Zelié hasta que sus narices casi se rozaban, la miró con sus ojos los cuales se tornaron completamente negros y le sonrío de manera macabra. Con la misma velocidad, la mujer se alejó, el viento dejó de soplar y las farolas empezaron a funcionar correctamente otra vez.

Nunca supo si ese encuentro fue real o si fue una alucinación producto de la caída que había sufrido esa misma tarde mientras corría en el parque. Aunque ese mismo presentimiento volvió, intentó no preocuparse y distraerse, pero no lo logró ya que una de las ventanas del vagón se abrió por culpa de una fuerte ráfaga cargada con hojas y polvo. Recordando los sucesos de aquel día, no perdió tiempo, se levantó preparada para cambiar de vagón a  pero notó que el vagón en el que se encontraba estaba vacío. No dudó ni un segundo en salir corriendo hacia los otros vagones del tren pero todos estaban vacíos, como si los pasajeros se hubiesen evaporado por arte de magia . La desesperación y el terror empezaron a brotar y las lágrimas de miedo no tardaron en aparecer. Apresurada cruzó todo el tren, sin detenerse ni a respirar, rumbo al vagón del maquinista cuya puerta estaba curiosamente abierta. No lo pensó y entró cerrando la puerta de un golpe e intentando controlar su respiración las cuales volvió a perder al ver lo que tenía enfrente: el maquinista no tenía cara, solo había una mancha borrosa, como si le hubiesen borrado la cara con una goma, pero estaba girado hacia ella como si la pudiese sentir. Zelié gritó tan fuerte que por un segundo pensó que se desgarraba las cuerdas vocales. Intentó abrir la puerta varias veces hasta que esta cedió y salió disparada como una bala en dirección al baño donde sabía qué ni nadie ni nada podía ingresar ya que había espacio para una sola persona. Se quedó quieta mirando su reflejo en el espejo tratando de encontrarle una respuesta coherente a lo que  estaba sucediendo mientras sentía que la velocidad del tren aumentaba y las luces titilaban. De pronto la puerta del baño se abrió revelando a la mujer esquelética sosteniendo el cuerpo sin vida del hombre con capucha que había visto en el comienzo del viaje, y a su lado el maquinista cuya cara seguía siendo un borrón. La desconocida esbozó una sonrisa terrorífica, extendió uno de sus brazos y cuando estaba por tocar la mejilla de Zelié, ella despertó.

El grito del agente de acompañamiento del tren la despertó dejándola por unos minutos en un estado de estupefacción al darse cuenta que había estado soñando y que todo había sido una horrible pesadilla; fue ahí cuando creyó confirmar que aquella supuesta alucinación había sido solo eso. Se ajustó los zapatos observando Ámsterdam por la ventanilla, se incorporó agarrando su maleta y observando su alrededor notando que el hombre de la capucha no estaba allí. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal pero lo ignoró repitiendose a si misma que seguro había bajado antes y que la pesadilla no tenía nada que ver con que el hombre no estuviese en el vagón. Una vez que bajó del tren, Zelié se quedó parada mirando a las personas subir al tren con destino a la ciudad Brujas. Este comenzó a moverse y antes de que ella se encaminara al edificio de la Estación Central de Ámsterdam,  vió algo que la dejó estática: desde la ventanilla del primer vagón el maquinista sin cara la saludaba mientras posaba su otra mano en el hombro de la mujer quien sostenía el cadáver del hombre con capucha.

Comentarios

  1. El vocabulario no exhibe una selección atenta a la intencionalidad estética, pues prácticamente se limita a dar información pero no logra conmover ni enriquece el discurso al ser empleado denotativamente. Repensar conceptos como artificio y uso connotativo del lenguaje. ¿Qué recursos podrían enriquecer el relato y provocar la sensibilidad de los lectores?
    La transformación de la realidad narrada resulta previsible y no das con el tono narrativo adecuado. El tiempo es lineal.
    Rever uso de conectores, puntuación, párrafos, vocabulario (escaso y repetitivo), tiempos verbales, gerundios (sobreabundan y están muy mal empleados), pronombres relativos (el cual), concordancia.
    Nota: 6

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares