"Descubrimientos" - Jacqueline Pagliaro
Era un noche oscura, silenciosa, algo raro en París, una ciudad tan llena de gente y luces. Apolo, un hombre huérfano español que atravesaba los veintitantos, estaba recorriendo esa gran ciudad. Él tenía una gran fascinación por los lugares no turísticos, los que estaban metidos en las pequeñas calles de las diferentes ciudades. Especialmente las de Francia. Le atraían, nunca supo por qué, solo se dedicaba a visitarlos. Aprovechando la soledad del momento, decidió meterse entre dos calles con nombres impronunciables, con la esperanza de encontrarse con uno de estos lugares que tanto le llamaban la atención. Y lo hizo. En menos de diez metros encontró un gran edificio con un extravagante reloj que se veía desde fuera. Su instinto lo atrajo a ese lugar, lo sabía, y era éste el cual le decía que entre, que investigue.
Escuchando a su mente, entró al misterioso establecimiento. Había algo en este que le puso los pelos del cuello de punta, una sensación, pero a pesar de ésta, Apolo decidió seguir caminando. Vio unas escaleras. Acto seguido, las subió, despacio, ya que estas rechinaban con cada paso que él hacía. En una mano tenía su navaja de viaje, y en la otra, su farol.
Luego de pasar mucho tiempo subiendo esas escaleras interminables, llegó, cansado y sin energías, al último piso, donde se encontraba el reloj. Apoyó el aparato lumínico en el piso pero este se apagó en el momento que tocó la superficie, dejando a Apolo con la luna como su única luz.
Pasó a observar la habitación, juguetes viejos, llenos de telaraña, libros caídos. Recogió uno con una inscripción que le llamó la atención. No estaba en francés, ni en español, ni en cualquier otro idioma conocido. Sus páginas estaban llenas de extraños símbolos y textos que no podía pronunciar. Acto seguido, dejó el libro en la pequeña biblioteca que estaba a su lado, con cuidado para que esta no se cayera. Pero fracasó. Apenas lo apoyó en el mueble, este colapsó, dejando caer todos los libros al suelo. El ruido lo espantó y como reflejo, se alejó un poco del lugar. Miró su reloj, las agujas marcaban la una de la mañana, lo mismo lo hacía el aparato gigantesco.
Siguió recorriendo la habitación, tratando de no pasar por alto ningún detalle. Se encontró con una mesa, de roble oscuro, con fotos enmarcadas, polvorientas y antiguas. En estas aparecían dos niñas, mellizas pensó. Pero luego se dio cuenta que eran idénticas, gemelas. Se preguntó quiénes eran, dónde vivieron, cuántos años tenían.
Siguió con su exploración y encontró dos cajones, llenos de papeles amarillentos, pero en perfecto estado. Revolvió desesperadamente en busca de respuestas, pero todos estaban vacíos, sin ninguna escritura, nada. Decepcionado del lugar se sentó en el piso. Seguía con los pelos en el cuello de punta, pero al apoyar su cuerpo en la superficie, este se enfrió por completo, un miedo y una tristeza irracional le inundaron su ser.
Se despertó en su cama de la infancia, corrió a los brazos de su madre y luego se fue a jugar con Artemisa a las escondidas, como lo hacían todos los días, él dejó ganar a la niña, como de costumbre. Pasaron la mañana corriendo por la casa, riendo y siendo felices.
Luego de pasar cinco minutos acostado como un bebé recién nacido, esos sentimientos cesaron, de repente, sin ningún motivo. Apurado y con ganas de salir de ese lugar, recogió algunas de las fotos de la mesa, las guardó en su bolsa y bajó las escaleras con una gran rapidez.
Al llegar a su habitación, Apolo encendió el candelabro y sacó los objetos que había guardado recientemente. Acto seguido, sacó algunos libros que se encontraban en su gran biblioteca. Estos tenían una gran inscripción, en letras góticas decían “Los grandes misterios de Francia”.
Desesperado, abrió la sección llamada “Crímenes sin resolver, siglo V”. Leyó un par de páginas y de repente se le cayó el libro al suelo. Angustiado y nervioso, sacó una hoja de papel y empezó a escribir, apurado. “Lo he resuelto, he encontrado el lugar, ven a Francia lo más pronto posible”. Guardó eso en un sobre, bajó las escaleras de su habitación y envió a su criado con la carta en carreta a Toulouse.
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Es evidente el intento de construir un relato que fuera más allá de lo literal e involucrara al lector de manera activa; no obstante, el resultado es confuso: hay sobreentendido sobre “el descubrimiento”, la foto de las gemelas, la búsqueda de la sección llamada “Crímenes sin resolver, siglo V”. Además, no se sabe quién es el/la destinatarix de la carta; por qué le pide “ven a Francia” si está en Toulouse. Tampoco se llega a comprender la relación de lo que descubre el protagonista con su infancia. Así, el resultado es confuso y no conmueve como podría.
ResponderEliminarBien construido el protagonista, el clima de tensión y el marco espacial, pero no el tiempo no lineal.
Rever uso de pronombres relativos.
NOTA: 7 –