Valentina García Pittis

El perro estrellado


  Nadie sabía su nombre o a quién pertenecía. Sólo se conocía que todas las noches, sin importar el clima, esta pequeña y escurridiza silueta salía de su escondite para contemplar las estrellas.
   Las amaba. Las admiraba. Ellas ahí, quietas, deslumbrantes, imponentes. Y él, sentado en una roca húmeda y mohosa, observando los cambiantes colores del cielo y la aparición de las estrellas. Las pensaba día y noche; le hacían recordar a las diminutas luciérnagas que volaban libremente y sin sentido por los aires en el descampado, como también recordaba las flamantes llamas de los faroles que iluminaban las calles del pueblo.
   A pesar de no saber su procedencia, era bastante reconocido por los habitantes. Solían alimentarlo, mimarlo e incluso acompañarlo a ver esos puntitos brillantes desparramados en la inmensidad del cielo. Sin embargo, el camino no era fácil. Los coches pasaban sin cuidado alguno, sin importar la velocidad o el límite de esta. Y este ser se movía con torpeza por las veredas y las calles, atontado pensando en si alguna estrella nueva aparecería. 
   Así de trágico fue el desenlace, sucedió en menos de lo que canta un gallo. Un auto todo destartalado aproximándose velozmente y chocando contra esa vida, creando un gran alboroto: llantos,gritos de espanto y desesperación, humo grisáceo expandiéndose. Un caos, y un ser de luz menos.
   Las estrellas, bañadas en lágrimas de tristeza, lo honraron nombrándolo protector de las constelaciones más espléndidas: El perro estrellado.

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